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Análisis: El debate que nadie quiere

Más que un debate, lo del fin de semana fue una sucesión de franjas publicitarias extendidas.  Los candidatos fueron invitados a replicar pero ninguno lo hizo.

Debate Presidencial,10 ene. 21
Candidatos. El segundo día del debate presidencial en el Teatro de la Casa de la CulturaCortesía

¿Quién ganó el debate presidencial? La imposibilidad de plantear esta pregunta es la mejor manera de entender lo que ocurrió este sábado y domingo en el Teatro Nacional. Lo principal ya se ha dicho: que no fue debate. Los 14 participantes, divididos en dos grupos de siete, permanecieron sentados durante dos horas uno junto al otro, a distancia de pandemia, exponiendo vagamente sus planes de gobierno a intervalos de minuto, minuto y medio, y prácticamente no se vieron las caras, no interactuaron, no plantearon réplicas aunque los organizadores habían previsto un espacio para que las hicieran. Cada quien dijo lo suyo y los mensajes, buenos o malos, delirantes o sensatos, se acumularon en un aluvión indiferenciado hasta tornarse indigeribles. Nadie ganó. Si acaso, perdieron quienes no cedieron a la demagogia, los que realmente tenían cosas que decir. ¿Un problema de número? ¿Es la gran cantidad de candidatos lo que hace imposible debatir? ¿O hay razones más de fondo?

El formato por supuesto es un problema. Es imperdonable no plantear preguntas concretas sino temas generales. Pedirle a Carlos Sagnay, por ejemplo, que diga cómo combatirá la corrupción, no es un aporte a la democracia: al contrario. Él se explayará (como en efecto hizo) hablando de su política de “cero tolerancia” y otras maravillas mientras Abdalá Bucaram, jefe del partido que lo auspicia y triplemente procesado por corrupción, se las ingenia para permanecer impune. Sobre eso había que preguntarle a Sagnay. Lo mismo con Pedro José Freile: muchos de los espectadores que lo escucharon indignarse por el hecho de que cualquiera puede ser candidato, incluso gente que no paga sus impuestos, probablemente ignoran que él fue postulado por el partido que construyó Daniel Mendoza, el exasambleísta confeso de participar en un esquema de corrupción para lucrar con la plata del hospital de Pedernales. Ese era, con Freile el tema de debate.

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Es revelador el caso de Guillermo Lasso. El sábado, no hubo un solo candidato que no dejara caer alguna indirecta contra los banqueros. Ximena Peña, Paúl Carrasco, Giovanny Andrade, Isidro Romero… Que es inmoral que la banca gane tanto, que el gobierno de Lenín les ha dado todo, que las tasas de interés tal cosa, que los cobros indebidos tal otra… Lasso, sentado en medio, actuaba como si no fuera con él. Y los otros, ¡también! Como si hubiera un pacto de mutua conveniencia según el cual nadie se da por aludido mientras las cosas no se digan en la cara. Y no se dicen. ¿Qué habría pasado en un debate de verdad? ¿Habría sabido Lasso desestimar las acusaciones de los otros? ¿Se habrían atrevido estos a plantearlas? En resumen: es evidente que en esta campaña electoral hay un debate sobre la corrupción, así como hay un debate sobre la banca. Esos debates están en todos lados menos en uno: en el debate. Esa es la miseria del formato.

Esta imposibilidad de debatir se suele atribuir al número de candidatos. Se cree que con 16 es imposible, aun dividiéndolos en dos grupos. De ser así, estamos indefensos frente al debate oficial del próximo domingo: ¿será igual de anodino, insustancial e improductivo? ¿Estamos condenados a ese esquema por el hecho de tener demasiados candidatos.

No: el debate es siempre posible cuando se lo busca y hay ejemplos que lo prueban. Había un programa político en Televisión Española que se llamaba “59 segundos”. Este nombre hacía referencia al tiempo máximo que tenía para hablar cada uno de los seis o siete contertulios. Durante una hora llegaban a discutir apasionadamente tres o cuatro temas de actualidad. Se objetaban, se refutaban, se hacían preguntas y se respondían hasta agotar el tema desde distintas perspectivas. La conductora repartía la palabra tratando de ser equitativa pero, por regla general, más tiempo hablaba quien más cosas tuviera que decir. El espectador terminaba con una idea clara de quién era cada quien y con la información y los argumentos suficientes para tomar partido por uno u otro.

Si los candidatos en el Ecuador no pueden debatir no es porque sean muchos sino porque nadie quiere que lo hagan, empezando por ellos mismos. Y no solo se trata de Andrés Arauz y Yaku Pérez: esos dos ni se presentan, es cierto, lo cual es imperdonable. Pero los que rehúyen el debate son todos, incluso los que asisten. ¿No tuvieron este fin de semana un minuto para réplica en cada tema y decidieron, todos ellos, no emplearlo? Los candidatos en el Ecuador no debaten porque el tiempo de exposición es aquí más importante que las ideas: ¡que nadie me quite un segundo de mi minuto y medio! Entran así en una rigidez de protocolos y formatos que los protege de los peligros del intercambio fluido. El uso público de la razón no parece un patrimonio de nuestra democracia. Por eso no debaten: porque la indirecta y la alusión velada son más cómodas para todos. Porque la mojigatería es uno de los más altos valores de la patria. ¿O no debaten, en el fondo, porque nadie quiere rebajarse?

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