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La industria del autocine en Quito gana adeptos de todas las edades

La iniciativa se replica en algunos puntos de la ciudad. Ya se transmiten películas de estreno

El autocine comienza a ganar adeptos en Quito
El autocine comienza a ganar adeptos en Quitohenry lapo

El referente del autocine en Ecuador son las películas clásicas en las que aparecen adolescentes en descapotables frente a grandes pantallas. Su origen apunta a la década de los 30 en un estacionamiento de New Jersey, Estados Unidos. Casi un siglo después, y debido a la pandemia, en Quito reaparece como un formato ‘sin riesgo’ de la exhibición cinematográfica.

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Al menos tres autocines en la capital le apuestan a ello. Eso sí, con normas muy diferentes a las de aquella época: el personal debe usar trajes antifluidos y una persona toma la temperatura a los ocupantes de los vehículos... este Diario asistió a una de las funciones.

Jueves, 19:00. El parqueadero de un centro comercial del norte quiteño ha sido acondicionado para esta actividad. Hay que hacer una fila. Luego se debe mostrar el código QR en el celular. El nuevo boleto, que se lo debe adquirir previamente. El ‘taquillero’ deja pasar y el vehículo se ubica en el sitio asignado.

Por unos enormes parlantes suena la música a todo volumen. Pese a que la consigna es “no tener contacto con los otros para evitar la propagación del virus”, algunos salen a ‘explorar’ el terreno, saludan con conocidos, se abrazan. ¡Error!

La película es El Juego del Asesino, estreno hollywoodense. El cielo se oscurece: la noche, coartada perfecta para proyectar el film.

En cada vehículo los espectadores acomodan sus asientos y reciben la comida. Los parlantes se apagan. Se sintoniza una radio FM. Muestran los tráilers de los próximos estrenos, pero pasan desapercibidos. Pronto un joven trae canguil, nachos y gaseosa.

Empieza la película. Resulta un tanto incómodo porque los ‘sillones’ de los autos no tienen las adecuaciones para colocar grandes vasos o un tazón llenito.

La calidad del sonido depende de los parlantes de cada automóvil. Antes, hacía 1930, se colocaban bocinas para que el público escuchara a los actores. Hoy no. No hay contaminación auditiva. “Y cada quien maneja el volumen”, explica Gonzalo López, el gerente de una cadena de cines del país.

Un reto urbanístico

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Fernando Carrión, arquitecto y experto en urbanismo, explica que las dinámicas sociales se han modificado a partir del COVID-19 y el entretenimiento no es la excepción. “No es fácil emprender esto por los costos. Quienes le apostaron habrán invertido mucho”, comenta.

En este espacio ubicado en la calle John F. Kennedy caben 60 autos, cada uno con hasta cuatro personas. La capacidad de una sala normal va de 85 a 330 personas, según la gerencia del cine. Por eso Diego Coral, director de la Cinemateca Nacional, asegura que esta modalidad no reemplaza a los ingresos económicos de una sala habitual.

Para Carrión, esta iniciativa es un reto urbanístico. “Deberían estar en lugares apartados”, agrega.

Sin embargo, las tres propuestas están en el centro-norte y norte de Quito: en las avenidas República y Eloy Alfaro, y en los centros comerciales El Condado y El Bosque.

López cuenta que en efecto apostar a otra modalidad fue un reto. “Nos tomó dos semanas adecuar el espacio” comenta.

En El Condado se han aprovechado 72 metros cuadrados de pared de la edificación del centro comercial para hacer las proyecciones. Al frente se adecuó una cabina desde donde un técnico se encarga de ‘poner play’ al film.

Los permisos han demorado un poco más: un mes para que entre en funcionamiento. Algo importantísimo. Si no se evalúan bien los espacios podrían incurrir en una contravención, recuerda Carrión.

En el espacio hay 12 personas. Unas entregan los pedidos de snacks, otras guían a los conductores hacia los estacionamientos. Y, sin falta, el hombre que limpia el parabrisas.

“Es una manera de reinventarse, no es un suplemento. Es un complemento al cine normal”, dice López.

El 19 de agosto el Comité de Operaciones de Emergencia Nacional (COE) dio luz verde para la reapertura de estos sitios con el 30 % de aforo (del cine normal). No todos han logrado abrir sus puertas. Las salas de la Casa de la Cultura aún no tienen fecha. “Se maneja un presupuesto público, por lo que la inversión para ajustarnos a las medidas de bioseguridad requiere de un proceso”, señala Coral.

Esta cinemateca es desde 1981 la única custodia del patrimonio audiovisual ecuatoriano.

La apuesta por el autocine, aunque no se asemeje a lo que las mismas películas de los años 60 nos mostraron, es un hecho al menos en Quito y Guayaquil. “Es una oportunidad de reactivar el sector. Cumple con la misión de acercarnos a ese mito que mostraban las películas extranjeras”, expresa Coral.

Para él, el autocine aleja al espectador del convivio que se busca en estos sitios. Y podría limitar el acceso al séptimo arte con películas comerciales y ligeras.

Esta dinámica en el contexto de la pandemia –donde existe miedo de acercarse al otro– no genera un diálogo sobre el filme con la sociedad.

Además, la aparición de páginas con películas y series a la orden del usuario también generan una brecha. Y esto entretuvo a la mayoría de familias durante el confinamiento, explica.

No hay retroceso

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Carrión y Coral afirman que el autocine no se convierte en un retroceso, sino más bien un guiño a lo clásico, a lo que países como Estados Unidos explotaron hacía 1970.

Con el paso del tiempo, el cine ha ido desapareciendo con la modernidad. Por ejemplo, a inicios de 1990, grandes salas como el Atahualpa, en Quito, o Presidente, en Guayaquil, salieron del espectro cinematográfico. En estos espacios se proyectaban filmes en 35 milímetros, por lo que las cintas rotaban por diferentes establecimientos. Ahora es digital.

De vuelta al autocinema, la película de acción ha terminado. El fin clásico: gana el bueno y muere el malo. Los autos se enfilan hacia la salida y las luces se apagan.