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Opera y elites

Uno de los grandes obstáculos que el género operático ha tenido que enfrentar es el estigma que sostiene que la ópera es un arte reservado a las élites sociales e intelectuales. Muchos de los que se oponen a este género se apoyan principalmente en su origen en las cortes europeas, hecho que para los detractores manifiesta una innegable conexión aristocrática. Además, está el asunto del idioma.

Lo que convenientemente se ignora es el resto de la historia del género. Se olvida que compositores como Mozart se desligaron de dicha asociación y compusieron óperas para deleite del proletariado: La flauta mágica, a pesar de sus temas místico-masónicos, fue una ópera popular entre el pueblo llano desde su ‘premier’, con princesas, héroes, dragones, hechiceras malignas y benevolentes sabios, y una trama que se balancea entre lo serio y lo cómico. La tecnología con los subtítulos ha obviado en mucho el problema del idioma.

Después de Mozart, compositores como Bizet, Verdi, Leoncavallo y Puccini, continuaron alentando la evolución de la ópera en un espectáculo artístico y comercial. Ya no eran los reyes y electores los que controlaban el destino de las obras, sino que el mismo público decidía su éxito o fracaso. Además, se veían retratados en la escena, ya que la ópera contiene todos los elementos universales de la experiencia humana: celos, lealtad, esperanza, júbilo, heroicidad y tragedia, concentrados en un intenso espectáculo que, por breves horas, nos brinda una experiencia transcendental. Algo tan universal jamás puede ser exclusivo; es un tesoro que necesita muy poco de “conocimiento” y mucho de sensibilidad, para revelar sus secretos y enriquecer espiritualmente a la audiencia que lo atiende.

La ópera es “cuando empieza a chillar la gorda”, me dijo un día un alumno. Le contesté que si le gustaba la música, sea esta bailable, romántica, folclórica, y que si apreciaba una buena película, tenía todo lo necesario para aprender a apreciar la ópera. Y con relación a “la gorda”, le recomendé ver y escuchar a Anna Netrebko o a Reneé Fleming, que tienen bella voz y bella presencia.