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El 'renacer' del cóndor Iguiñaro

Escapó de sus cazadores pero con un perdigón en el pecho. Fue rescatado y luego de 33 días pudo volar nuevamente. Un símbolo de esperanza

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La liberación de Iguiñaro se produjo en una zona considerada como un santuario para el cóndor andino de Ecuador.Cortesía Zoológico de Guayllabamba

El lunes que fue rescatado, Iguiñaro estaba tan débil que ya no volaba. Unos días atrás, el viejo macho había escapado de sus cazadores, pero no de un perdigón de tres milímetros (casi del tamaño de una pepa de naranja) que se había incrustado en su pecho. Sediento y cansado, el cóndor parecía echado a la muerte. Pero no. Su historia apenas comenzaba. Y pronto en Quito muchos hablarían de él… De Iguiñaro, un símbolo de esperanza en este confinamiento, y de su salvador, un oficial de construcción que por “casualidad” se cruzó en su camino.

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Eran las 12:00 del 27 de abril de 2020. Luis Perugachi y sus dos cuñados, Marco y Pablo Vega, fueron de pesca a un río de la Comuna de Iguiñaro, parroquia de El Quinche. Caminaron dos horas hasta el afluente. Y luego intentaron pescar durante dos horas. No lo consiguieron y decidieron volver a casa. Fue entonces cuando, entre las quebradas de Iguiñaro y Aglla, observaron lo que parecía -a lo lejos- un ternero: se movía y tenía manchas blancas.

Luis, quien encabezaba la excursión, caminó hacia aquel animal, entonces sin identidad. Escaló, descendió, avanzó… Cuando lo tenía a diez metros vislumbró una ‘gargantilla’ de plumas blancas que apuntaba a un ave: un cóndor andino. Para inmortalizar el hallazgo grabó un video de 56 segundos: “Lo encontramos… Parece que está herido”. El imponente carroñero, que había sido sentenciado a muerte por cazadores furtivos, se topaba de frente -en ese momento- con el hombre que le concedería una segunda oportunidad.

Abrió sus alas, saltó y cayó… Luis, nacido hace 34 años y oficial de construcción de profesión, se quitó el saco y con la ayuda de sus cuñados lo envolvió intentando hacerle el menor daño posible para llevarlo a casa. Pero el obrero estaba en una encrucijada. Temía que si la gente lo veía con el ave lo acusara de ser el autor material de la herida. Pensó por unos instantes dejarlo ahí. Abandonado. No lo hizo. Y fue su mejor decisión… Avanzaron hasta su casa y enseguida se comunicaron con el Zoológico de Guayllabamba para informar del hallazgo.

Les pidieron fotografías para cerciorarse de que se trataba de un cóndor. Unos diez días atrás había circulado en redes sociales un video en el que una mujer llamaba “cóndor andino” a un gallinazo que se posaba en un edificio de Quito. Pero esta vez sí era la emblemática ave, detalla Martín Bustamante, director del zoo. Así que fueron hasta Iguiñaro para recuperar al animal y, tan pronto como lo recogieron, lo llevaron a un hospital veterinario para que le hicieran una tomografía.

Entonces descubrieron que era el perdigón de una escopeta lo que tenía oprimida y herida su pechuga. “Estaba decaído, deshidratado, dolorido”. Y si su rescate se daba 48 horas más tarde, quizás el carroñero se habría convertido en carroña. Por suerte no pasó. Y Luis quedó satisfecho por lo que había hecho.

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Un cóndor herido fue rescatado en Quito

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Dos semanas después, el cóndor, de unos 50 años de edad y bautizado como Iguiñaro por el sitio donde lo hallaron, fue dado de alta. Los médicos veterinarios se aseguraron de que el proyectil no envenenaba al animal ni liberaba plomo, y lo dejaron allí, incrustado en el pecho. Así se evitó una cirugía que comprometía los músculos del vuelo y solo retrasaba su recuperación, explica Bustamante. Eso sí, hubo acompañamiento durante la cicatrización de la herida para que esta no se infectara.

Luego lo llevaron a un recinto de aislamiento en el zoo donde recibía el sol y el viento, y una libra y media de carne de borrego al día, algo nuevo para él, pues en la vida silvestre los de su especie pasan sin comer hasta 5 días. Ya aleteaba. Saltaba. Corría. Y como el Fénix, Iguiñaro, el imponente macho de 11,26 kilogramos y 3,05 metros de envergadura alar, se levantaba de entre sus cenizas y, ante los ojos de quienes lo cuidaron cuando estuvo al borde la muerte, abría sus alas hacia una nueva oportunidad de vida.

Debido a su rápida evolución, especialistas del Grupo Nacional de Trabajo del Cóndor Andino en Ecuador decidieron que su reinserción debía hacerse lo más pronto posible, para que pudiera retornar a su estado de vida silvestre. Pero antes, le instalaron un rastreador satelital en su ala izquierda y, además, dos bandas alares.

Sebastián Kohn, director ejecutivo de la Fundación Cóndor Andino, explicó que desde 2012 hasta ahora, gracias al proyecto Investigación y Monitoreo del Cóndor Andino en Ecuador, del cual es miembro -empezado por The Peregrine Fund, una ONG estadounidense-, se ha marcado a 16 cóndores. El último es Iguiñaro. Los datos obtenidos son “extremadamente valiosos” para la conservación de la especie. Se puede saber dónde duermen, por dónde vuelan…

En el país, según el último censo nacional de 2018, había aproximadamente 150 individuos. “Lamentablemente en 2019 -y a finales de 2018- perdimos alrededor del 10 % de esa población. Se calcula que murieron unos 15 en algunos eventos de envenenamiento y en un caso de cacería”, detalla Kohn. La lucha por mantener viva a esta especie está latente.

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Iguiñaro, el cóndor herido con un perdigón, está listo para volar

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El 30 de mayo, 33 días después de su rescate, llevaron a Iguiñaro hacia la Reserva Chakana, al oriente de Quito. Llegaba el momento de despedirlo. Y Luis, el oficial de construcción, estaba allí, aguardando a que el cóndor alzara vuelo. Empezaba el verano, pero en aquel sitio, cerca del volcán Antisana, llovía. Bustamante, el director del zoo, asegura que pensaron postergar el evento. No fue necesario. El “viejo sabio” sintió el viento, abrió sus alas, extendió las plumas y se lanzó a la libertad mientras en Quito la gente, confinada por la pandemia, se enteraba de la dicha del ave. En dos kilómetros se perdió entre las montañas. No para siempre. “Fue algo hermoso, nos vamos a acordar para toda la vida”, exclamó su eterno salvador.

Desde entonces, el imponente macho no ha dejado de volar. Más de 80 kilómetros. Rondó la zona de la liberación, luego llegó hasta El Quinche, al cerro Puntas, cruzó el volcán Cayambe y el último jueves supieron que había llegado hasta los páramos de Zuleta, en Imbabura, quizás buscando a un cóndor hembra que lo acompañaba cuando fue visto la primera vez en 2016 en ese mismo lugar.