“Un obituario para mi amigo Pancho Swett”

  Buenavida

“Un obituario para mi amigo Pancho Swett”

El exministro de Finanzas fue miembro de la Cofradía de La Perla y decano de Economía en la UEES. Falleció el 27 de enero

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Perfil. El economista Francisco Swett, en una de sus apariciones públicas.Expreso

Por, Carlos Julio Emanuele

Me parece correcto, justo y apropiado, a más de reconfortante, que le rindamos un homenaje a Pancho en esta Cofradía, donde disfrutó muchísimo del aprecio y cariño de todos ustedes en sus últimos años.

Con Pancho, a quien nunca llamé Francisco, nos conocimos hace 45 años. Él recién había llegado del Banco Mundial, y yo del Fondo Monetario Internacional. Él tenía 29 y yo 32 años.

Vinimos a servir al país, pese a tener cómodos empleos en esas instituciones internacionales en Washington, adonde decidimos nunca regresar.

Digo esto porque ahora es tan común constatar cómo funcionarios públicos ecuatorianos se desviven por complacer a esas instituciones, para hacerse merecedores de un puestito por allá, cuando dejan sus cargos públicos en Ecuador. Podría nombrar a varios de ellos, que inclusive se dan el lujo de pontificar sobre las soluciones a nuestros problemas, desde sus lejanas torres de marfil. Pero ustedes los conocen perfectamente bien.

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Compartí con Pancho muchas vivencias. 45 años es bastante tiempo. Y no recuerdo jamás haber tenido alguna desavenencia con él.

Ocupamos casi los mismos cargos en la dirección económica del país. Hablábamos el mismo idioma en materia económica, tanto así que cada vez que nos tocaba aparecer juntos en algún programa o entrevista, él y yo decíamos que estábamos cometiendo pleonasmo.

Quiero compartir con ustedes unas pocas anécdotas de muchas de ese largo período de amistad, que me vienen a la mente, anécdotas que, cada vez que las recordábamos, invariablemente nos provocaban gran satisfacción, o nos llevaban a la risa, pese al paso de los años. Es que Pancho tenía un gran sentido del humor, más en línea con la flema inglesa de la que hacía gala.

Recuerdo:

Cuando decidíamos abandonar las reuniones con el FMI porque sus funcionarios se portaban irreflexivos y atorrantes. Simplemente nos levantábamos de la mesa de negociaciones en Washington, para ir al más cercano McDonald’s, donde invariablemente nos iban a buscar para decirnos que aceptaban nuestros planteamientos, mismos que solo tenían en mente los altos intereses del país, porque no representábamos ni a los bancos ni a los tenedores de bonos.

Cuando luego de firmar con Pancho el contrato con la empresa de control del comercio exterior, SGS, su presidente, José Luis Represas, le dijo públicamente al presidente LFC, en presencia nuestra, que lo felicitaba porque en todos los países donde había firmado contratos parecidos le habían pedido una mordida, pero eso no había ocurrido en Ecuador.

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Cuando firmamos la reestructuración de la deuda externa en 1984, en tiempo récord, y rompiendo todos los paradigmas existentes, lo que permitió el despegue económico de Ecuador, hasta que nos afectó el terremoto de 1987.

Cuando éramos llamados al Congreso Nacional, entonces dominado por la Izquierda Democrática, por cualquier adefesioso motivo, y nos dábamos el lujo de tomarles el pelo a los honorables diputados, sin que ellos se percataran. Años después, otro buen amigo, Fernando Larrea, ya fallecido, que era uno de los diputados opositores al gobierno de LFC, me comentó que él siempre estuvo preocupado de que los hiciéramos quedar en ridículo con alguna respuesta nuestra, y por eso él optó por no preguntar nunca. Tenía mucha razón.

Cuando estuvimos en visita oficial en Cuba y Fidel Castro se aventuró a discutir temas económicos con Pancho, Alberto Dahik, y yo, y le decíamos a Fidel que su argumentación estaba errada, respecto, por ejemplo, a los “términos de intercambio”, y el presidente LFC, notablemente preocupado, nos hacía señas de que nos detuviéramos. Es que en la Isla nadie le podía contradecir a Fidel.

En fin, tantas vivencias, tantos recuerdos.

Hace casi 100 años se escribió un obituario que describe las cualidades de un gran economista, en los siguientes términos:

“¿No es visto el estudio de la Economía, desde el punto de vista intelectual, como una materia muy fácil en comparación con las ramas superiores de la filosofía y la ciencia pura? Sin embargo, los buenos economistas… son los pájaros más raros. ¡Un tema fácil, en el que muy pocos sobresalen!

La paradoja encuentra su explicación, quizás, en que el economista maestro debe poseer una rara combinación de dones.

Debe alcanzar un alto nivel en varias direcciones diferentes y debe combinar talentos que a menudo no se encuentran juntos. Debe ser matemático, historiador, estadista, filósofo….Debe comprender los símbolos y hablar con palabras.

Debe estudiar el presente a la luz del pasado para los propósitos del futuro.

Ninguna parte de la naturaleza del hombre o de sus instituciones debe quedar completamente fuera de su consideración. Debe ser intencionado y desinteresado en un estado de ánimo simultáneo; tan distante e incorruptible como un artista, pero a veces tan cercano a la tierra como un político”.

Este obituario lo escribió John Maynard Keynes para Alfred Marshall en 1924, hace casi 100 años.

Gran parte de esta descripción de lo que es ser un buen economista es aplicable a Pancho.

Hoy Pancho está muerto cuando tenía 74 años.

Pero a sus 74 años Pancho no se estaba volviendo más viejo. Se estaba volviendo más sabio, como el país entero lo podía constatar a través de sus columnas semanales en el Diario EXPRESO.

San Agustín, al referirse a la muerte, decía lo siguiente:

“La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado. Yo soy yo, vosotros sois vosotros… Dadme el nombre que siempre me habéis dado. Hablad de mí como siempre lo habéis hecho. No uséis un tono diferente. No toméis un aire solemne y triste.

Seguid riendo de lo que nos hacía reír juntos. Rezad, sonreíd, pensad en mí. Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo ha sido, sin énfasis de ninguna clase, sin señal de sombra.

La vida es lo que siempre ha sido. El hilo no se ha cortado. ¿Por qué estaría yo fuera de vuestra mente? ¿Simplemente porque estoy fuera de vuestra vista?

Os espero; No estoy lejos, sólo al otro lado del camino.

¿Veis? Todo está bien”.

Escuchar estas palabras es como estar escuchando a Pancho.

Por eso no le decimos adiós. A Pancho siempre lo mantendremos vivo con los recuerdos que hemos compartido en todos esos largos años de amistad, y nos seguiremos riendo de lo que nos hacía reír juntos, en la seguridad de que él también nos estará escuchando y se estará riendo.

Pancho partió tranquilo porque cumplió su misión.

QEPD querido amigo.