Guayaquil

El abogado que trabaja sepultando muertos

Personaje de la semana: Oswaldo Larrea. Pese a tener un título universitario, este guayaquileño de 43 años, ama su trabajo como sepulturero

SEPULTURERO
Oswaldo Larrea, sepulturero del cementerio municipal de Pascuales.Andrés Miranda/cortesía

En su trabajo todos le llaman "el abogado", pero no es por marcarle un sobrenombre, es que en realidad lo es... Se incorporó de la Universidad Estatal de Guayaquil como jurista hace ocho años.

Pero su espacio de trabajo no es precisamente un tribunal con podios y asientos en la sala o un despacho con libros apilados en repisas; en lugar de aquello, tiene bóvedas de cemento que forman mausoleos. Tampoco tiene títulos enmarcados en la pared, él prefiere encuadrar con letras negras en un fondo blanco los nombres de seres amados que ya no están.

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Oswaldo Larrea es sepulturero desde hace dos décadas. Este guayaquileño de 43 años de edad trabaja en el cementerio municipal de Pascuales (Guayaquil), donde, por lo general, sella el descanso eterno de dos a tres difuntos al día. Esta temible profesión fue la primera y la única, que en la práctica, se ha vinculado desde que tenía 8 años de edad, cuando su padre, quien era guardián de un camposanto, lo llevaba a su trabajo.

Amable y veloz recibe a este Diario en medio de las tumbas donde descansan 5.650 personas (de acuerdo a lo dicho por la administración del Cementerio). Mira que solo él está forrado de pies a cabeza y dice que prefiere mantener las medidas de seguridad contra el coronavirus en cada momento, porque es muy responsable con lo que hace y cuida a su familia. Además recuerda que en el brote del Covid-19 de los meses pasados, el trabajo fue pesado, porque llegaban de 50 a 60 muertos diarios por sepultar. Entonces sabe que hay que cuidarse.

Con su traje azul con capucha, unos lentes especiales, guantes y un tapaboca, lo único que deja entrever a EXPRESO es una vivaz mirada y una determinante voz. Empezó como alzador de ramos en el cementerio general de la ciudad, luego pasó a sepultar cadáveres, aprendió a pintar las bóvedas y nichos y a dibujar con letras góticas, imprentas o manuscritas los nombres de los difuntos. Ganó experiencia en la actividad y para formar un asociación oficial de pintores de cementerios del Ecuador y ganar sabiduría, se hizo abogado.

Oswaldo es el vicepresidente de la Asociación de Pintores de los Cementerios de Ecuador (Asopinde) con 40 miembros, que realizan trabajos en diversos camposantos del país.

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Cuenta que por las capacitaciones de cuidado que recibió del Ministerio Salud, su labor, en medio del Covid-19, lo puso a prueba en la rapidez y el liderazgo, pues motivó al resto de sus compañeros y a los novatos sepultureros a no temerle al contagio.

Lo que sí fue difícil y que siempre lo ha sido, destaca, son las escenas de tristeza que se viven en un entierro y que le "achican" el corazón mientras hace su trabajo, que también las ha experimentado con su propia familia, cuando le tocó sepultar a sus abuelos, a sus primos y a sus tíos.

“Mientras hacemos el procedimiento, los familiares lloran, gritas, se desmayan, recuerdan anécdotas y yo, como el resto de mis compañeros, me conduelo, me siento mal, triste, porque es lo único que a pesar de los años de experiencia no logramos superar, conmovernos”, explica.

Oswaldo Larrea sepulturero
Oswaldo Larrea caminando entre las cúpulas del cementerio de Pasculaes.Vanessa López/EXPRESO

Y cuando se le pregunta del otro miedo, de ese que en cualquier momento "se levante un muerto", se ríe. Señala los árboles y dice que las únicas que se mueven son las hojas y algunas iguanas que bajan a caminar. 

Mirando hacia la parte superior del camposanto donde se construye una tercera fase para 2.000 tumbas, recuerda una anécdota de hace muchos años, y asegura que, aun así y habiendo recorrido varios camposantos de día y de noche, no le teme a los fantasmas.

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“Nunca me dio miedo pero si vimos un niño de unos 10 años de edad. Justo pocos días antes se había muerto un niño. Yo estaba con un compañero y ambos vimos lo mismo; el niño se nos paró en frente y luego corrió demasiado rápido y desapareció. No tenía forma de salir del cementerio, pero aunque lo buscamos nunca más lo volvimos a ver”, narra.

Después de un momento de repetir que no hay en los cementerios algo que lo asuste, recordó un hecho que lo puso en jaque y donde no hubo ninguna fuerza del más allá. Fue una vez que llegaron a enterrar a un muchacho que había sido sicario y como parte del ritual, los amigos que lo lloraban le apuntaron directo a la cabeza a uno de sus compañeros sepultureros mientras hacía el procedimiento de inhumación. 

Estaban drogados, tomando y con la pistola apuntándole a mi compañero, eran varios, pensé que perderían el control y le dispararían. Pero no lo hicieron”, detalla.

Con Oswaldo son 4 sepultureros en el cementerio municipal de Pascuales, situado en el norte de Guayaquil. Cuando, en medio de la pandemia varias ataúdes se abandonan en la puerta de ese camposanto, por miedo al contagio del Covid-19, 'el abogado' y sus compañeros levantaban los cofres y realizaban las inhumaciones y exhumaciones.

“A veces cuando el espacio del cadáver está en la parte de arriba y los cuerpos son pesados, el trabajo es difícil, pero nada que no tenga solución”. Este esposo y padre en cuatro ocasiones, habla con naturalidad como si su labor pudiera quedar inadvertido, tras la pandemia del coronavirus, en la que héroes como él ayudaron a evitar nuevos focos infecciosos en la ciudad.

Si sabes de un personaje de tu barrio que todo el mundo debería conocer, escribe a lopezk@granasa.com.ec