Ocio

Madame Claude, de la vida real al ecran

Netflix retoma esta historia que refleja el mundo de la prostitución en los años 60 y los secretos políticos de la época.

madame-claude (película)
Ni los lujos expuestos ni los juegos de luces quitan al film lo sórdido de la historia que refleja.Netflix

París, finales de los años 60. Madame Claude (Karole Rocher) está al frente de un negocio dedicado a la prostitución, cuya clientela abarca lo más representativo del mundo político, social y artístico de la época. Buscando ‘trabajo’ llega Sidonie (Garance Marillier), una joven educada, de clase pero con un pasado turbio.

Doscientas bellísimas féminas constan en sus libros, dispuestas a brindar el placer buscado, pero también deberán confesarle a Madame los secretos políticos y sexuales de los gobernantes que piden sus servicios. Ella, a su vez, los revelará a la Policía Secreta. Con esto su negocio queda libre de cuestionamientos. Además, guarda amistad con algunos criminales del bajo mundo francés y las autoridades más influyentes de la ‘Surete’, entre ellos, Serge (Pierre Deladonchamps).

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Una historia verdadera, la de Fernande Grudet, futura Madame Claude, llega al écran gracias a Netflix y se la presenta con toda la libertad que tiene el cine francés para narrar sus historias, más aún si en ellas está involucrado el sexo. Mientras las censuras americanas se oponen a ese tipo de secuencias, Francia, Europa, las acepta como quien bebe una gaseosa.

Y en Madame Claude, su directora y guionista, Sylvie Verheyde, las ofrece con acierto. Si bien son explícitas, no ofenden visualmente. Esto se debe, en parte, a que las fotografía con el resplandor de un claro oscuro y las acentúa con el erotismo que abre el color rojo. Pero se cuida bien en que las actrices que tienen a su cargo el rol de hetairas no caigan en maquillajes excesivos o comportamientos que ‘molesten’ a las clases adineradas que las ‘contratan’ y peor a los espectadores.

El ambiente de lujo y decadencia se mezclan hábilmente en las escenas que representan las orgías, donde la cámara va rápida como si fuese el ojo del espectador que atisba un lugar en el que no está invitado pero que tiene la curiosidad suficiente para mirar a través de una hendidura. Allí el camarógrafo juguetea con las luces, las sombras y la mezcla de colores contrastando con las pieles desnudas de las jóvenes muchachas. La música en todas y cada una de las secuencias es apropiada.

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Ahora bien, generalmente, detrás de toda muchacha prostituida hay una historia y este filme presenta dos de ellas en su aspecto psicológico, ambas sobre violaciones sufridas en la niñez. La una genera odios y la otra marca el deseo de matar la pobreza, al bullying de la infancia. Tanto Karole Rocher (aunque su ira no tenga el balance necesario) como Garance Marillier muestran sus reacciones emocionales a través de sus ojos y la ligera mímica impuestas a sus rostros. La primera no refleja el sentimiento que la impulsa y la segunda es imagen de la venganza premeditada y fallida.

Este largometraje -a todas luces prohibido para menores de 16 años- tiene mucho de ´film noir’. Parte de ello figura en la utilización de espejos para reflejar estados mentales, departamentos lujosos, el chic francés; pero todo eso jamás quita lo sórdido de la historia, en la que muestran los peligros a los que están expuestas las trabajadoras sexuales, sean de lujo o no, sus reacciones cuando llega el amor (aparente), las ansias del buen vivir sin pensar en el futuro y, sobre todo, la relación de Madame Claude con la policía. Esa es la parte más crucial de la película pues marca una pregunta: ¿cuánto vales y cuándo no vales en el mundo del proxenetismo? Respuesta que llega desde el fondo de una trama que pudo ser mejor narrada.

Nota al margen. En 1977 se filmó una primera versión con Françoise Fabian, Klaus Kinski y Maurice Ronet.

  • CALIFICACIÓN: * * * ½