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Dèjá vu predestinado

"Y si bien las angustiantes circunstancias actuales de pandemia hacen que el latrocinio escandalice más, debemos admitir que la corrupción en el Ecuador ha sido recurrente desde siempre"

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-Adrián Peñaherrera

Milton Friedman fue un economista liberal ganador del premio Nobel de Economía en 1976 y considerado, junto a Friedrich Hayek y John Maynard Keynes, como uno de los tres economistas más influyentes del siglo XX. Fue fundador de la famosa Escuela de Economía de Chicago que promueve el libre mercado como la forma más eficiente de gobierno. Fue asesor de Ronald Reagan y Margaret Thatcher y se le atribuye la popularización del famoso enunciado de economía: ‘nunquam prandium liberum’ o “No hay almuerzo gratis”.

Friedman sostenía que la evidencia histórica demuestra que aquellas sociedades que procuran que sea el libre mercado el que provea bienes y servicios, antes que el gobierno y su planificación centralizada, son las más prósperas y desarrolladas. La solución gubernamental a los problemas, decía Friedman, suele ser tan mala como los problemas mismos y muchas veces, en vez de mejorarlos, los empeoran.

En los últimos años hemos sido testigos atónitos de una corrupción cada vez más grotesca y rampante. Y si bien las angustiantes circunstancias actuales de pandemia hacen que el latrocinio escandalice más, debemos admitir que la corrupción en el Ecuador ha sido recurrente desde siempre. No me alcanzaría la totalidad de los caracteres de esta columna para enlistar todos los atracos de los últimos tiempos, pero entre los carnés truchos, las amnesias súbitas y los arroces multicolores, la corrupción se torna cada vez más frecuente. ¿A qué se debe la crisis actual de valores tan profunda y vergonzosa?

Muchos manifiestan su indignación y claman por justicia, pero pocos entienden que la corrupción que observamos no es la causa del problema sino más bien su efecto. Lamentablemente, la solución no solo pasa por poner a gente honesta a manejar la cosa pública, sino también, como bien sostenía Friedman, en evitar dentro de lo posible la intervención estatal y el mal llamado “Estado de bienestar”. No hay que caer en la falacia causal de pensar que como hay supuestas buenas intenciones en ciertas políticas y programas estatales, los resultados de estos deben ser buenos. En el Ecuador el Leviatán creció de forma voraz y desaforada por la obsesión colectivista del socialismo del siglo XXI y a la vez, paralelamente, crecíamos para convertirnos en una ‘Banana Republic’ disfuncional. La axiomática correlación entre un Estado obeso y la lasciva corrupción es innegable.

Ronald Reagan sostenía con mucha razón que en crisis como la que vivimos, el gobierno no era la solución a los problemas sino que más bien el gobierno era el problema. Cuando el Estado insiste en abarcar todo y dirigir nuestras vidas, este se convierte en un problema que nos inhibe y nos genera coerción; en definitiva un grillete que tenemos que arrastrar todos para satisfacer la trapacería de unos cuantos pícaros y la megalomanía de cierta bazofia humana. Porque como infería Friedman, nadie gasta el dinero de otras personas tan cuidadosamente como gasta el suyo propio ni nadie utiliza los recursos de otra persona con el mismo cuidado con que utiliza sus propios recursos, así que si queremos actuar con eficiencia y eficacia, el camino óptimo siempre será el libre mercado.

¡Hasta la próxima!