Columnas

El día de la Independencia

'El temor ha ido ganando terreno en la psiquis de muchos, y nos lleva a un estado de negación del único escenario real posible; la omnipresencia del Covid-19 y la inevitable lucha que vamos a tener que darle’.

Al momento del cierre de esta publicación, el Ecuador y buena parte del mundo comienzan su noveno día de encierro obligatorio y los niveles de ansiedad se van amplificando en casi todos los ámbitos. La razón es simple: esta crisis no tiene precedentes recientes, luce muy grave y no tenemos claro cómo y cuándo podremos superarla. En definitiva, el no tener dominio sobre la situación nos genera un profundo temor.

Frente a la adversidad es natural tener miedo y ante esa necesidad psicológica del ser humano de buscar redención, los mesías emergen rápida y espontáneamente. Resulta irónico observar a ciertos actores pelearse por el mayor protagonismo político, aunque este caiga en el ámbito de la ridiculez. Así vemos a surfistas obligados a pedir perdón por surfear, pistas aéreas ensartadas por autos, o campesinos apresados por sentarse a la sombra del un árbol. La psicología de masas y el pensamiento colectivo nos van secuestrando y comenzamos a denunciar en redes sociales, a suerte de chivatos o Gestapo criolla, a jugadores de golf, trotadores o bañistas, aunque para efectos prácticos, no representen amenaza real para nadie.

El temor ha ido ganando terreno en la psiquis de muchos, y nos lleva a un estado de negación del único escenario real posible: la omnipresencia del Covid-19 y la inevitable lucha que vamos a tener que darle.

Queremos rehuir la realidad, aferrándonos al paradigma de la reclusión forzosa, sin entender que esta pelea hay que enfrentarla con resiliencia y conocimiento científico, pero también con recursos económicos. Y para eso nos toca trabajar y producir, porque ahorro no hay.

Tenemos que ser realistas y entender que, al menos en Ecuador, no es opción viable, ni siquiera a corto plazo, el mantenernos encerrados. Seguimos esperando que venga un Mesías a rescatarnos, y seguimos sin entender que nadie, sino nosotros mismos, nos salvará. Como diría Franklin D. Roosevelt; “a lo único que debemos temer es al temor mismo, a un terror indescriptible, sin causa ni justificación; que paraliza los arrestos necesarios para convertir el retroceso en progreso”.

Ha llegado la hora de superar los miedos y de elegir libremente nuestro destino, aun a costa de equivocarnos. Soy un convencido de que nadie podrá discernir mejor que nosotros, lo más le conviene a nuestras familias. El que decida y pueda quedarse en casa, pues que lo haga. Pero el que decida y deba salir a producir, pues que lo pueda hacer también.

Asumamos la responsabilidad de nuestras decisiones, pero también aceptemos con tolerancia las decisiones de terceros.

Existe un delicado equilibrio entre salud y economía, lo que hace que la una no pueda coexistir sin la otra. Mantener sanas a ambas es fundamental, sin ceder a dogmas, estratagemas o intereses políticos. Siempre tengamos presente que, como tuitea Javier Milei parafraseando a Adam Smith en su estado más puro: “si te cuidas a vos mismo, vas a estar cuidando a los demás”.

Hace ya casi 200 años, Guayaquil fue la primera ciudad del Ecuador en independizarse del dominio español. Reeditemos esa gesta memorable y constituyámonos nuevamente en esa Aurora gloriosa que anuncia: ¡Libertad, Libertad, Libertad!

¡Hasta la próxima!