Los cambios

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Los cambios

Pretender gobernar apuntalando el Poder Ejecutivo y desconociendo al Poder Legislativo, es un riesgo, quizás mayor al que significa convocar a la muerte cruzada.

Ilustración de Guillermo Lasso, presidente de Ecuador
Los cambiosIlustración Teddy Cabrera

Mi maestra Natlie solía decir a sus alumnos que lo único que no cambia, es que todo cambia, y que por eso debíamos parecernos a las ramas de los árboles, que fluyen, que se mueven con el viento, que permiten la floración en tiempos de primavera y soportan las heladas de invierno, sin resistirse, so pena de quebrarse. Las ramas de los árboles nobles saben actuar en cada estación, saben fluir... ¿y nosotros? A veces nos resistimos a los cambios, queremos imponernos, pretender lo que no podemos, lo que no está en nuestras manos.

A veces no admitimos que los cambios hacen mella en nosotros, aun sin quererlo. Nos cuesta aceptar que no somos los mismos de ayer. Y, definitivamente, no somos los mismos de un año atrás, por ejemplo…

Pensemos en el jefe de Estado, hoy en el Palacio de Carondelet, ¿es el mismo que casi un año atrás? No. El presidente Guillermo Lasso no es el mismo de abril pasado, cuando se mostraba convencido de poder lograr justamente los cambios que el país necesita.

¿Quién soy yo para calificar sus cambios? Solo no entiendo cómo va a lograrlos. Gobernar, por ejemplo, haciéndose la idea de que la Asamblea no existe, haciendo uso de su facultad para dictar decretos ejecutivos con reglamentos a las leyes... Suena fácil, pero no recuerdo un jefe de Estado que lo haya conseguido, teniendo como ahora, una Asamblea que le es adversa.

La carta de Alexandra Vela, renunciando a su calidad de ministra de Gobierno, evidencia la posición de un mandatario que en la práctica hace cambios muy pequeños; que perdió el control de los tiempos, y desperdició su momento de mayor popularidad (al cumplir la meta de la vacunación contra la COVID-19) para plantear y dar inicio a esos verdaderos cambios que aún se requieren. ¿Todo está perdido? No. Le queda tiempo y ganas, y un petróleo que se mantiene alto en el mercado internacional, y unas reservas que siguen subiendo. Pero no es todo.

El brazo político lo perdió con la partida de César Monge y, salvo un milagro, le será muy complicado, o imposible, lograr ganarse uno a uno a los legisladores que requiere, para alejar los fantasmas que han llegado incluso a la amenaza velada de una destitución.

Decirle al Legislativo que gobernará ignorándolo, más parece un reto peligroso que sí puede cambiar las cosas, para mal.

Nadie quiere que un gobierno fracase. Ningún ciudadano en su sano juicio busca un descalabro democrático. La gente que trabaja y se esfuerza cada día no está interesada, sino en facilidades para avanzar. Si le echan abajo la ley que permitió el aumento de impuestos, lo va a aplaudir y la Asamblea le estará entregando un guiño favorable…

Pretender gobernar apuntalando el Poder Ejecutivo y desconociendo al Poder Legislativo, es un riesgo inmenso, quizá mayor al que significa convocar a la muerte cruzada.

Ahora lo veremos y me coloco como tantos en posición expectante, por todo lo que esto pueda significar.

Y mientras vemos su desarrollo en el escenario de la cosa pública, no nos olvidemos de nosotros mismos, llamados a no resistirnos a los cambios, que se dan más allá de nuestra voluntad. Los sabios insisten en los caminos abiertos para reaccionar correctamente, con el poder que nos asiste para cambiar los pensamientos, y con ellos nuestras actitudes. Y así, con actitudes convenientes se producen logros positivos. No es teoría. En estas realidades personales no dependemos de otros, no dependemos de los gobiernos, ni de los políticos, ni de los amigos o familiares, solo de nosotros mismos, y los cambios, en esta realidad, no son necesariamente malos.